Me siento frente a mi escritorio, reacia a escribir. Juego con mis dedos junto a la madera, nerviosa. Mi pie se mueve con frenetismo, como si quisiese hacer un agujero en el suelo. Suspiro y me levanto.
Camino dentro de la habitación, mirando por la ventana. Soy capaz de oír el sordo sonido de mis pies descalzos contra la madera, pero decido concentrarme en la melodía de la lluvia chocando estrepitosamente contra el cristal de la ventana.
Mi melena suelta cae sobre mis hombros, proporcionándome calor. Mi cuerpo está prácticamente desprovisto de ropa, a excepción de mi fina bata de seda. Mi mente no para de dar vueltas al personaje con el que me encontré la noche anterior, en el bar.
No podría olvidar su belleza.
Tenía buena estatura, el pelo castaño y espeso, largo hasta los hombros, unos de ojos color marrón demasiado vulnerables para mirarlos fijamente, que le confieren un aspecto un tanto andrógino y una bonita nariz estrecha, con las fosas nasales normales. No posee un rostro aniñado, pero sí casi angelical. Tiene las cejas bien delineadas, oscuras, lo bastante separadas de los ojos para que éstos resulten peli grosamente iluminados. Su frente resultaría demasiado ancha si no fuera tan lisa, y si no poseyera la abundante cabellera castaña que constituye un marco rizado y ondulado para su rostro. Tiene la barbilla demasiado pronunciada y cuadrada en comparación con el resto de sus facciones y en el medio de ella, un hoyuelo.
Su cuerpo es excesivamente musculoso, fuerte, de torso amplio y brazos poderosos, lo que da una impresión de fuerza viril.
Había susurrado mi nombre, con esa voz grave y dulce que tenía, produciendo un escalofrío de placer en mi cuerpo. Durante un segundo me había tensado. Normalmente, por aquellos lares, nadie me conocía. Nadie sabía mi nombre, por eso estaba allí. Mi deseo por pasar desapercibida era capaz de meterme en los sitios más recónditos.
Aquel individuo se había atrevido a ponerme su pesada mano en mi hombro. Giré la cabeza, apartando la mirada de mi copa y le miré, fulminándole con la mirada. Tardé al menos un minuto en darme cuenta de quién se trataba.
-¡Vittorio!
Me lancé sobre sus brazos, riendo de felicidad.
-Shh. –susurró escondiendo la cabeza en mi pelo, como solía hacer.
-¿Cómo estás? ¿Qué ha sido de tu vida? ¿Cómo es que sigues vivo aún? ¿Qué eres?
Sonrío al recordar cómo le había bombardeado con preguntas, mientras él se dedicaba a negar con la cabeza, con una sonrisa burlona en los labios.
-He de irme, Pandora. –paseó la mirada por la estancia.
-¿Qué?-fruncí el ceño, sin comprender, con el corazón en un puño.
Vittorio suspiró. Un largo, hondo y profundo suspiro. Depositó un beso en mi frente y sonrío, sin ganas, enfundándome confianza.
-Nos vemos mañana, aquí, a la misma hora.
Y dicho esto, Vittorio desapareció entre la escasa multitud del bar. Me quedé allí un rato, observando por dónde se había ido.
Anoche no dormí, hoy no he comido. Y no paro de dar vueltas en mi apartamento, que por primera vez, me parece una cárcel.

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