domingo, 23 de enero de 2011

Me siento frente a mi escritorio, reacia a escribir. Juego con mis dedos junto a la madera, nerviosa. Mi pie se mueve con frenetismo, como si quisiese hacer un agujero en el suelo. Suspiro y me levanto. 
Camino dentro de la habitación, mirando por la ventana. Soy capaz de oír el sordo sonido de mis pies descalzos contra la madera, pero decido concentrarme en la melodía de la lluvia chocando estrepitosamente contra el cristal de la ventana.
Mi melena suelta cae sobre mis hombros, proporcionándome calor. Mi cuerpo está  prácticamente desprovisto de ropa, a excepción de mi fina bata de seda. Mi mente no para de dar vueltas al personaje con el que me encontré la noche anterior, en el bar.
No podría olvidar su belleza. 
Tenía buena estatura, el pelo castaño y espeso, largo hasta los hombros, unos de ojos color marrón demasiado vulnerables para mirarlos fijamente, que le confieren un aspecto un tanto andrógino y una bonita nariz estrecha, con las fosas nasales normales. No posee un rostro aniñado, pero sí casi angelical. Tiene las cejas bien delineadas, oscuras, lo bastante separadas de los ojos para que éstos resulten peli grosamente iluminados. Su frente resultaría demasiado ancha si no fuera tan lisa, y si no poseyera la abundante cabellera castaña que constituye un marco rizado y ondulado para su rostro. Tiene la barbilla demasiado pronunciada y cuadrada en comparación con el resto de sus facciones y en el medio de ella, un hoyuelo.
Su cuerpo es  excesivamente musculoso, fuerte, de torso amplio y brazos poderosos, lo que da una impresión de fuerza viril.
Había susurrado mi nombre, con esa voz grave y dulce que tenía, produciendo un escalofrío de placer en mi cuerpo. Durante un segundo me había tensado. Normalmente, por aquellos lares, nadie me conocía. Nadie sabía mi nombre, por eso estaba allí. Mi deseo por pasar desapercibida era capaz de meterme en los sitios más recónditos.
Aquel individuo se había atrevido a ponerme su pesada mano en mi hombro.  Giré la cabeza, apartando la mirada  de mi copa y le miré, fulminándole con la mirada. Tardé al menos un minuto en darme cuenta de quién se trataba.
-¡Vittorio!
Me lancé sobre sus brazos, riendo de felicidad.
-Shh. –susurró escondiendo la cabeza en mi pelo, como solía hacer.
-¿Cómo estás? ¿Qué ha sido de tu vida? ¿Cómo es que sigues vivo aún? ¿Qué eres?
Sonrío al recordar cómo le había  bombardeado con preguntas, mientras él se dedicaba a negar con la cabeza, con una sonrisa burlona en los labios.
-He de irme, Pandora. –paseó la mirada por la estancia.
-¿Qué?-fruncí el ceño, sin comprender, con el corazón en un  puño.
Vittorio suspiró. Un largo, hondo y profundo suspiro. Depositó un beso en mi frente y sonrío, sin ganas, enfundándome confianza.
-Nos vemos mañana, aquí, a la misma hora.
Y dicho esto, Vittorio desapareció entre la escasa multitud del bar. Me quedé allí un rato, observando por dónde se había ido.
Anoche no dormí, hoy no he comido. Y no paro de dar vueltas en mi apartamento, que por primera vez, me parece una cárcel. 


lunes, 17 de enero de 2011

Mi primera vez.


Sonreíste.
-Oh, Pandora, eres tan hermosa...-suspiraste, agarrando mi rostro entre tus manos.
Ladeé la cabeza, apoyándola sobre tu palma. Cerré los ojos, escuchando cómo me decías que me querías.
-Durante toda la eternidad, hermosa dama, te querré siempre.
Asentí, creyéndome todo cuanto me decías.
-Andrew, apuesto y dulce Andrew, bésame. Posa sus labios sobre los míos como si el mundo se nos fuese en esa dulce caricia.
Me besaste.
Sentí calor bajo mi apretado corsé y las múltiples capas de ropa que llevaba. Zafaste las horquillas de mi pelo, con cuidado para no hacerme daño.
Me sentí viva, joven y querida por primera vez después de la muerte de mi familia.
Te miré, ligeramente asustada y nerviosa. Era mi primera vez con un hombre.
-¿Es esto lo que quieres?-susurraste contra mi hombro, besándolo después con dulzura. Gemí-¿Estás segura, Pandora?
-Quiero ser tuya-contesté en el mismo tono de voz.
Y me hiciste el amor.
Me besaste como hasta ahora nadie lo ha hecho, fuiste el primero en acariciar mi cuerpo y disfrutar de mi condición de mujer.
A la mañana siguiente, cuando desperté estabas a mi lado, sentado en una silla de madera acolchada, inclinado sobre una hoja y un trozo de carboncillo en la mano.
Un mechón castaño te caía sobre el rostro, como una cascada de chocolate.
-No te muevas, vida-susurraste.
Sentí mis mejillas arder. Tus ojos color miel recorrían mi cuerpo, apenas levemente tapado por una sábana blanca. Sentía fuego bajo mi piel allí donde posabas tu mirada.
No aparté la mirada de ti ni un segundo, admiré tu belleza, te amé. Sentí unas ganas enorme de levantarme y abrazarte, pero me abstuve. Estaba tan quieta que casi parecía que no respiraba.
Respiraste hondo y admiraste el trabajo hecho. Sonreíste, claramente satisfecho. Me acerqué a ti y me lo enseñaste.
Lo contemplé asombrada.
Era yo, dormida. La sábana tapaba mi sexo, pero dejaba al descubierto mi pierna izquierda y mi seno derecho. La mitad de mi melena reposaba en el hueco entre mi cuello y mi hombro y la otra sobre la almohada, tan roja que parecía sangre.
Besaste mi cuello y bajaste por mi espalda, mientras yo miraba embobada del retrato.
-Te gusta-no era una pregunta.
-Así es-me giré y te besé dulcemente.
-Te quiero.
-Ajá-me limité a decir mientras marcaba tu piel con mis besos.
Volvimos a hacer el amor. Esta vez con menos inseguridad y cuidado que antes.
Me levanté desnuda y me dirigí a la cocina de tu pequeño apartamento. Me gustó sentir la madera del suelo bajo mis pies. Serví dos copas de vino y las llevé a la habitación. Descansabas leyendo algún poema de tu autor preferido.
Te di la copa y bebiste. Me cogiste en brazos y me llevaste al baño, besándome. Abriste el agua caliente, empapándonos mientras me acariciabas. Nos acostamos en la bañera, yo sobre ti, sintiendo como tus caricias y tu miembro rozaban mi sexo. Encendiste las velas, sin dejar de tocarme con tus delicadas manos. Tu lengua bajó por mi cuello, saboreando mi piel. Me pegué más a ti, jadeando, sintiéndote…
Recuerdo aquellos espléndidos días, casi una semana de pasión y lujuria, en la que el sexo se había convertido en nuestra única actividad y tus besos eran el único alimento que ansiaba mi cuerpo.
Aquellos días antes de que desaparecieras…